El ser humano decide sus acciones y, porque las decide, tiene una intencionalidad.
Tal capacidad no actúa sólo en el contexto individual, sino además en el contexto social y en el cultural; por lo que urde ansiosamente intereses, es decir defiende toda clase de acciones para realizarse, para agotar las posibilidades por sentirse a gusto, útil, e incluso superior frente a los demás: protagonista sobre ellos.
Como individuo, sí, está potencialmente capacitado para hacerlo, y acucia ya desde niño una anarquizante manera de atreverse a realizar sus deseos por "retorcidos" que sean, sin control.
El niño quiere hacer esto y lo otro, todo por curiosidad, por ansia, para abarcar una "libertad global", sin apenas prever lo que pueda acarrear lo que intenta: sus consecuencias.
El niño o se modelará -se condicionará necesariamente, se educará- o será el camino de una desproporcionada participación por unos intereses prioritarios para todos; por eso, el niño deberá, por necesidad, conocer su posible utilidad social, su medio responsable, si en verdad se pretende que sea libre, un ser consciente y responsable sobre lo que hace o desea hacer. Deberá, entonces, saber lo que es "ser libre con respecto a una responsabilidad".
La educación es imprescindible, la base que permite cualquier convivencia, con la que una persona comprende que la libertad -su libertad- obligatoriamente ha de ser restringida a favor de que exista una libertad comunitaria o social; porque toda libertad -participativa- está condicionada o vinculada a principios, y éstos son los que evitan los resultados destructivos.
También la libertad de los gobiernos no ha de ser la que ellos desean por capricho, sino la que debe ser condicionada a la mayoría, es decir la que se compromete a defender los derechos humanos de todos; ya que es un compromiso ser libre, un no consentir que privilegiadamente los derechos fundamentales se cumplan sólo en unos.
Y porque los derechos humanos únicamente son realizables con unos mínimos recursos -sin recursos se restringe la libertad hasta de vivir-, la libertad responsable tendrá que motivarse para que eso no sea así, para que todos tengan esos mínimos recursos: dispensar ese hecho con una clara intencionalidad.
Si no, el liberalismo voraz engañará hoy y mañana a todos, se depravará aún más con bonitas palabritas en una impostura de manipulaciones, como se manifiesta, ni más ni menos.
Si no, la inmigración, las bolsas de pobreza, la explotación, la carencia de las necesidades básicas, etc. seguirán y seguirán como consecuencias de un grave error al que los gobernantes no quieren hacer frente ni ver; y heredarán esa irresponsabilidad a sus hijos.
Lo que tanto significa libertad no pueden seguir manipulándolo.
Es patente que la voluntad rechaza en ocasiones lo que la inteligencia presenta como bueno. Incluso el que aconseja bien puede no ser capaz de poner en práctica su buen consejo. En esos casos, para evitar la vergüenza de la propia incoherencia, el hombre suele buscar una justificación con apariencia razonable -las razonadas sinrazones de Don Quijote-, y se tuerce la realidad hasta hacerla coincidir con los propios deseos. El mismo lenguaje se pone al servicio de esa actitud con expresiones típicas: a mí me parece, esto es normal, todo el mundo lo hace, no perjudico a nadie, etc.
Todo acto libre es imputable, es decir, atribuible a alguien. Normalmente los actos pertenecen al sujeto que los realiza, porque sin su querer no se hubieran producido. Es el agente quien escoge los fines y los medios y, por consiguiente, quien mejor puede dar explicaciones sobre los mismos. Así, del mismo modo que la libertad es el poder de elegir, la responsabilidad es la aptitud para dar cuenta de esas elecciones. Libre y responsable son dos conceptos paralelos e inseparables, y por eso se ha dicho que a la Estatua de la Libertad le falta, para formar pareja ideal, la Estatua de la Responsabilidad.
Ejemplo de libertad responsable:
El miedo a la responsabilidad supone una visión desenfocada de la libertad, no apreciar que los compromisos atan pero a la vez protegen. Es bueno el compromiso que un médico tiene de salvar vidas humanas. Y es bueno para la sociedad, para sus pacientes y para él mismo, que se le pidan responsabilidades de ello. Si no se le pidieran, se fomentaría su irresponsabilidad. Y si fuera culpable, quedaría impune. El ejemplo vale para el abogado, el fontanero, el periodista, el arquitecto..., y para cualquier otra profesión y persona.